La verdad tras el pollo amarillo del supermercado: ¿Realidad nutricional o estrategia comercial?

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La verdad tras el pollo amarillo del supermercado: ¿Realidad nutricional o estrategia comercial?

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Al momento de realizar la compra en el supermercado, es común que los consumidores se enfrenten a una duda recurrente frente al mostrador de carnicería: ¿Es preferible el pollo de carne blanca o aquel que presenta un tono más amarillento? Para muchos, ese color dorado es sinónimo de una crianza más natural, similar a la de los animales de granja de antaño, relacionándolo directamente con una mayor calidad o un mejor sabor. Sin embargo, expertos en la materia han arrojado luz sobre este fenómeno, explicando qué hay realmente detrás de esta coloración.


El origen del color: La alimentación es la clave

Contrario a la creencia popular de que el color amarillo indica necesariamente una vida al aire libre o un crecimiento más lento, la realidad técnica reside principalmente en la dieta del ave. El tono de la piel y la grasa del pollo depende directamente de los pigmentos presentes en el pienso que consume. Los pollos que muestran una tonalidad amarillenta han sido alimentados con productos ricos en carotenoides, como el maíz o extractos de plantas específicos (por ejemplo, los pétalos de caléndula), que se depositan en los tejidos del animal.


Por el contrario, el pollo blanco suele haber seguido una dieta basada mayoritariamente en cereales como el trigo o la cebada, que no poseen esa carga pigmentaria. Por lo tanto, el color es más una cuestión de "maquillaje" dietético que un indicador infalible de bienestar animal o valor nutritivo superior.


¿Es realmente mejor el pollo amarillo?

Desde un punto de vista estrictamente nutricional, las diferencias entre ambos son mínimas. Un pollo blanco puede tener exactamente las mismas proteínas y vitaminas que uno amarillo. La preferencia por este último suele responder a un componente psicológico y cultural: asociamos lo amarillo con lo "casero" o "tradicional".


No obstante, existe una excepción importante: el pollo certificado como "de corral" o campero. En estos casos, además de la alimentación con maíz, el animal ha tenido acceso al exterior y un ciclo de vida más largo, lo cual sí influye en la textura de la carne (más firme) y en la intensidad del sabor. Pero es crucial leer la etiqueta, ya que un pollo puede ser amarillo simplemente por haber comido maíz en una cría intensiva, sin haber pisado jamás el campo.


Recomendaciones para una compra inteligente

El experto consultado sugiere que, más allá de dejarse guiar únicamente por la vista, el consumidor debe prestar atención a otros factores fundamentales para garantizar la frescura y seguridad del producto:

  1. El etiquetado: Es la herramienta más fiable. Debe comprobarse el origen, la fecha de caducidad y el tipo de cría.

  2. El aspecto de la carne: Independientemente del color, la carne debe verse tersa, no debe presentar zonas excesivamente húmedas o pegajosas, ni manchas extrañas.

  3. El olor: Un pollo en buen estado no debe desprender ningún olor fuerte o desagradable.

  4. El líquido en la bandeja: Evitar aquellos envases que presenten un exceso de líquido rosado en el fondo, ya que puede ser indicativo de una rotura en la cadena de frío o de una pérdida excesiva de jugos por falta de frescura.


En conclusión, el color amarillo puede ser un indicador de una alimentación específica, pero no debe ser el único factor de decisión. La calidad real se encuentra en la trazabilidad del producto y en el cumplimiento de los estándares de frescura.


Fuente: OkDiario


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